Reflexiones en torno a algunos elementos de la posmodernidad que afectan el proceso educativo y al rol docente
Carol Luna
Junio
de 2021
Conocer
qué caracteriza a la posmodernidad y a los sujetos que formamos parte de ella nos proporciona herramientas para hacer
frente a las dificultades que debemos enfrentar a la hora de asumir nuestra
actividad docente. Siempre y cuando no queramos ser meros “funcionarios”[1] de
la educación, es decir aquellos individuos que se limitan solo a “hacer su
trabajo”, obsesionarse con hacer cumplir el programa en pos de la obtención de
resultados… aunque éstos no tengan ninguna relación con la finalidad de la
educación en el sentido de que “se aprende para vivir, para mejorar la calidad
de vida…”[2], o
como diría Kant para atrevernos a hacer uso de la propia razón. [3] Ahora
bien, si nuestro compromiso como docentes está dirigido a alcanzar el ideal de
la ilustración, debemos asumir la responsabilidad e intentar acompañar a
nuestros estudiantes en el camino de la reflexión y crítica intelectual de este
tiempo que también es el nuestro. Me centraré en discutir tres aspectos de la
posmodernidad que nos desafían como educadores.
Sin lugar a dudas existen más, pero estos son algunos de los cuales he
venido pensando a raíz de las discusiones en clase de Filosofía de la Educación
y de algunas lecturas en torno a la posmodernidad.
En
primer lugar quiero referirme al problema del relativismo que se expresa en el
“todo vale”. Este es un gran problema de la posmodernidad. Todos los relatos
son válidos y la pretensión filosófica de
“universalizar” se vuelve un acto “represor” y dogmático y como tal es
rechazado. A modo de ejemplo, la discusión en clase acerca de la noción de
“felicidad” es liquidada por sentencias como “la felicidad depende de cada
uno”. Lo que cada uno “siente” que es la felicidad, lo es. Esta relatividad
vuelve absurdo cualquier intento de reflexión colectiva, porque ¿cuál es el
sentido si cada uno tiene “su” verdad y es tan válida como cualquier otra? ¿Es
que a caso la vida en sociedad no depende de los acuerdos que resultan de esta
reflexión/discusión colectiva? Como
docentes debemos recuperar la discusión con pretensión de universalidad dentro
del aula. Hacer el intento por superar lo particular, lo individual. Convocar
el ejercicio reflexivo en el aula donde se sopesan razones y argumentos por
encima de lo puramente emotivo. Poner sobre la mesa que no siempre es posible
poner en práctica aquello que deseamos. En ocasiones no se podrá hacer “lo que
sentimos” sino lo que debemos. Y que esa sublimación será en función de una
sociedad mejor, más empática y más igualitaria
Un
segundo elemento de la posmodernidad al cual nos debemos enfrentar como
docentes es la baja tolerancia a la frustración. Otra cara del principio de
placer que rige nuestra época. El placer es el motor de los individuos
posmodernos y la educación se ve en una especie de obligación de responder a la
demanda de evitar el displacer a toda costa. Desde formación docente se nos
recomienda que nuestras clases tengan cierto nivel de entretenimiento y de
seducción para evitarles a nuestros estudiantes el desagradable encuentro con
el aburrimiento (¿Acaso no es éste la oportunidad para desplegar la
creatividad?) Esta especie de “mandato” se hace difícil de sostener de modo
permanente. No es posible elaborar siempre
clases “entretenidas”. Hay aprendizajes que requieren de un nivel más profundo
de análisis y eso necesariamente pone en juego procesos del individuo que van
más allá de su mera atención. Procesos tales como argumentar, ir de lo
particular a lo general, identificar una tesis, plantearse preguntas, responder
otras, etc. Estos procesos en la mayoría de los casos generan resistencia por
parte de los alumnos y por lo tanto displacer. Y tal vez, ese “desacomodo” no
esté tan mal. Los saca de la pasividad. Los compromete a desarrollar otras
habilidades que les permitirán ser participantes activos en la sociedad.
En este sentido no puedo dejar de preguntarme
¿no le duelen a caso los ojos al prisionero que sale de la Caverna de Platón?
¿El aprendizaje debe ser siempre una actividad placentera? En la película “They
Live” (1988) del director John Carpenter, en la escena en la que el personaje
John Nada intenta que su amigo John Armitage se ponga los lentes para “ver la
verdad”, éste no se los pone de “buena gana”. Por el contrario, se rehúsa, se
pelea con John en una escena que dura aproximadamente ocho minutos. Zizek, al
hablar de esta escena afirma que el acceso a la verdad (que el propio autor
denomina salirse de la ideología que no permite ver la realidad tal como es) es
un proceso doloroso en el que uno debe forzarse a sí mismo a hacerlo. ¿Estoy
diciendo con esto que el aprendizaje debe ser doloroso? No. Estoy arriesgándome
a decir, y yendo algo en contra del principio de placer que rige a los
individuos de la posmodernidad, que muy probablemente el aprendizaje no sea siempre un evento placentero, suave, y
descafeinado. La verdad a revelar puede resultar en sí misma dolorosa. El
individuo necesita “la comodidad” de sus creencias para vivir, ellas le
proporcionan un “lugar seguro” en el cual puede evadir el displacer y la
frustración. El proceso de aprendizaje puede estar atravesado por resistencias
y rechazo por parte de nuestros alumnos (como John Armitage en la película). El
placer por el conocimiento es algo que se va desarrollando a medida que se va
madurando. Es nuestro deber acompañarlos e incentivarlos en el proceso de
ascenso desde la caverna. Por supuesto que esto no excluye lo posibilidad de
planificar clases estimulantes. Mi planteo se dirige a la toma de conciencia de
que no siempre podremos ser
“docentes entretenidos”. No siempre podremos evitarles a nuestros estudiantes
un encuentro con el displacer, y está bien que así sea.
Por
último quisiera discutir el problema de la falta de referentes para los estudiantes incluso entre los
docentes. Es alarmante como en esta época la carencia de un “modelo
consistente”[4]
genera en los adolescentes una sensación de total abandono (¿será sólo una
sensación?). Ya no solo los propios padres quieren ser como ellos (la persecución
de la eterna juventud), ahora también los profesores. Y en ese sentido, los
chiquilines se quedan sin referentes de quienes aprender. ¿Cómo ser una persona
mejor? ¿Cómo debo actuar ante esta situación o ante esto que me está pasando?
Son interrogantes que ningún adulto se preocupa en responderles, por el simple
hecho de que muy pocos quieren ser adultos. Hace poco se publicó la noticia de
dos maestras que fueron despedidas por “uso indebido de las redes sociales”.
Muchas voces se alzaron en defensa del derecho a “tener vida privada” de los
docentes, aunque el motivo por el cual fueron desvinculadas fue justamente por
hacer público cuestiones que, a juicio de algunos, deberían quedar en el ámbito
privado. No tengo seguridad de que este hecho amerite una medida tan drástica,
pero hizo que me planteara la preocupación acerca de cuál es el alcance que
tienen nuestras acciones como educadores. Sin lugar a dudas como individuos de
la posmodernidad también los docentes tenemos determinadas tendencias propias
de este tiempo, tal como tener redes sociales y exacerbar a través de ellas
nuestro narcisismo. Caemos en actos de “expresión gratuita (...) la comunicación
sin objetivo ni público (…) Comunicar por comunicar, expresarse sin otro
objetivo que el mero expresar y ser grabado por un micro público”[5] Se
reivindica el hecho (como si fuera un derecho) de que “los profes también tenemos facebook, instagram,
tik tok…” Son los estudiantes (menores de edad la mayoría) los que no deberían
estar allí. Comparto esa afirmación, pero en
los hechos están. Los adolescentes son los que están más atrapados en la
rueda de la búsqueda de aprobación. Su identidad y su autoestima dependen en
mayor grado de la cantidad de “Likes” que puedan conseguir a través de ellas. ¿No
es a caso nuestra responsabilidad como docentes emanciparlos de eso? ¿No
es nuestro deber generar junto a ellos
una crítica de ese círculo infernal? No soy contraria a que el profesor
participe de las redes sociales. Pero ¿nuestra profesión no implica un mayor
grado de responsabilidad en el ámbito público? ¿No implica un mayor grado de
atención y cuidado de lo que se publica? ¿No debemos como educadores
cuestionar, no solo en el discurso, sino también en lo vivencial, esa tendencia
posmoderna de “expresar por expresar”? Como agentes educativos no podemos
limitarnos a reproducir los males de nuestro tiempo, ni el discurso ni en
nuestro modo de vida. Debemos mostrarle a los adolescentes modos alternativos
de entender el mundo. No limitarnos a actuar como ellos. Tomar la iniciativa y
ser lo que ellos necesitan; adultos responsables y referentes[6].
Acompañarlos para que sean capaces de construir ellos también su propia actitud
crítica y ser capaces de hacer uso de su propia razón.
Bibliografía
·
Labaké, Julio Cesar. (1996)
Posmodernidad, educación, y rol docente. Revista Educación hoy. Pag. 8-15.
·
Onfray, Michel. (2005) Antimanual de
Filosofía. Madrid: EDAF
·
Lipovetsky, Gilles (1983) La era del
vacío. Barcelona: Anagrama.
·
Kant, Immanuel. ¿Qué es la ilustración?
·
Zizek, Slavoj. (2014) They Live
(subtitulado) Recuperado de https://www.youtube.com/watch?v=CMRM_bfCBig
[1] Onfray, Michel. Antimanual de Filosofía. 2005. Pág. 21.
[2] Labaké, Julio Cesar. Posmodernidad, educación y rol docente. Revista Educación Hoy. Pág 4.
[3] Kant. Inmanuel. ¿Qué es la ilustración?
[4] Labaké, Julio Cesar. Posmodernidad, educación y rol docente. Revista Educación Hoy. Pág 4
[5] Lipovetsky, Gilles. La era del vacío. (1983). Pág. 15.
[6] Labaké, Julio Cesar. Posmodernidad, educación y rol docente. Revista Educación Hoy. Pág 15.
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